Ética y política del cuidado – Conjugar lo colectivo con lo individual –

 

Dulce María López Vega

A través de una larga historia de publicaciones, algunos autores de la filosofía y la ciencia de Occidente se han empeñado en asentar la inferioridad moral de las “mujeres”

en un intento de racionalizar su subordinación y confinarlas al espacio doméstico para después decir que moralmente no pueden rebasar ese ámbito.

Lo inferior, lo no trascendental, se considera, es dedicarse al cuidado en lugar de ocuparse de la justicia, como declaró Lawrence Kohlberg hace apenas unas décadas, desatando un discusión ya célebre en la que era cuestión de unos estadios de desarrollo a los que se accedía de acuerdo al “sexo”;

algo en lo que, “se demostraba”, las “mujeres” resultaban deficientes. Esa teoría ostentaba en su horizonte la ética kantiana con su ideal de autonomía, thelos al que sólo los “hombres” podrían aspirar.

Parece una discusión muy antigua, sin embargo es contra lo que nos seguimos topando cuando hablamos de cuidado, de aborto y tantos temas más.

Esa discusión inauguraba una revolución en el terreno social, ético y político, pues ha llevado a replantearse, entre otras cosas, el carácter connatural adjudicado a la división sexual del trabajo en relación con el cuidado (lo que la evidenció como construcción social); la importancia de brindar cuidados a sí mismx y a los demás, especialmente a quienes están en situación de vulnerabilidad; el equívoco que constituye superponer la ética de la justicia a la del cuidado o, peor, afirmar que sólo la primera es una ética, descalificando así toda la labor a la que se destina a las “mujeres”; la necesidad de incluir en nuestras decisiones morales tanto a nosotrxs mismxs como a quienes son parte de nuestro contexto familiar, comunitario, nacional, global; la violencia e injusticias que conlleva sostener al “sujeto de la justicia” y de la “autonomía” como parte de una política y una economía masculinistas… Es decir, algo más que modificar el significado que le damos a la ciudadanía.

“La dependencia y la vulnerabilidad son rasgos de la condición de todos”, afirma Sandra Laugier.

No se pretende, sin embargo, como muchas autoras lo han notado, privilegiar la ética del cuidado sobre la de la justicia, suponer que se trata de perspectivas alternativas o virtudes atribuibles según el “sexo”, como si este no fuera también una construcción social. Lo que se busca es una formulación distinta, pues estas dos éticas tomadas por separado parcializan las responsabilidades y no permiten que se trascienda el terreno de lo individual.

El cuidado, como valor universalizable y medular para el feminismo que aquí se expone, está ligado de manera indisoluble a la justicia. Por ejemplo: dar por sentado el autosacrificio de las “mujeres”, en función del mito del instinto materno, se revela como parte de una ideología perversa. Pues al impedimento que esta prescripción representa para su desarrollo, se suman dependencias de todo tipo, vulneración social y emocional, que se agravan al llegar a la senectud. O también, el hecho de que cuando el cuidado es un trabajo contratado, son de todas maneras las subordinadas, por género y/o por raza, quienes se ocupan de las labores que implica: “mujeres”, muchas veces inmigrantes o indígenas, mal pagadas y sin acceso a las prestaciones sociales.

Las éticas feministas tienen muchas coincidencias con las éticas comunitarias precisamente por la relación que establecen entre cuidado y justicia. Aunque diferimos de su concepción de la diferencia sexual,

la ética-política del cuidado tal como aquí se plantea es deudora de los feminismos indígenas latinoamericanos porque estos conciben de manera indisociable lo que suele verse como campos separados y porque ejercen el cuidado como responsabilidad colectiva. A ellos le deben, además, formular en su horizonte la vida digna y el bien común como significado del bienestar. Los feminismos indígenas nunca pierden de vista los intereses de los pueblos a los que pertenecen. Como lo indica la teoría y práctica mesoamericanas de la comunalidad, el cultivo del sentido de responsabilidad y compromiso comunitario, de colaboración, solidaridad, reciprocidad, de convivencia manifestando “el pensamiento, el sentimiento y la acción”

demuestran lo que la ética-política del cuidado puede hacer por la pervivencia de pueblos que viven bajo un estado de agresión permanente.

La distribución justa del cuidado está en relación con un orden económico equitativo a nivel global. Las políticas públicas que impulsemos, o que impulsarán los países cuyas economías se los permitan, no sólo no bastarán sino podrían asentarse sobre otras injusticias si se mantiene un orden en el que la mayoría debe sostener a unos cuantos. La ética-política del cuidado cuestiona, por lo tanto, el sentido que hasta ahora ha querido darse al llamado Estado de bienestar que habían disfrutado sectores de ciudadanos de algunos países.

Finalmente, la filósofa Uma Narayan

nos recuerda que hay que estar atentxs pues el cuidado también puede ser instrumentalizado como justificación paternalista a las relaciones de poder que establecen lxs colonizadorxs. Como lo refiere la historia, estxs dicen actuar “para bien”, para salvar almas, para sacar de la miseria, para ayudar a deshacerse de un tirano, a salir de la violencia, a luchar contra el narcotráfico. Todas cosas que, generalmente, ellxs mismxs producen. Ahí están para probarlo Afganistán, Irak, Libia u Honduras, Colombia… México…